En la antigua Grecia, hubo una vez un artista muy popular y reconocido por el increíble realismo de sus cuadros llamado Parrhasius. Un día, un pintor rival, Zeuxis, le propuso el reto de ver quién de los dos era capaz de pintar el cuadro más realista y por lo tanto, poder proclamarse como mejor pintor de Grecia. Así pues, cada uno tomó una parte de una pared y se puso a trabajar en secreto. Zeuxis decidió pintar una fuente con frutas. Cuando finalizó, descubrió la cortina que ocultaba su trabajo para contemplarlo y mostrárselo a su rival, y en ese mismo momento un pájaro voló hacia la pintura con el fin de picotear las piezas de fruta chocando contra la pared víctima de la ilusión. Zeuxis estaba seguro de su victoria ya que una imagen capaz de engañar a un animal tenía que ser forzosamente el dibujo más perfecto jamás creado. Al cabo de un rato, Zeuxis le pidió a Parrhasius que descorriera la cortina para que pudiera ver su pintura, entonces él le respondió que la cortina era su pintura. Así pues, Parrhasius ganó pues su pintura consiguió engañar a un hombre, mientras que la pintura de Zeuxis sólo consiguió engañar a un pájaro. De esta anécdota se concluye que nada mejor para interesar a un hombre que hacer que su mente imagine más allá de lo que sus ojos ven. Esta es la base primordial sobre la que se construye una de las disciplinas más maravillosas del cine: los efectos especiales y dentro de ellos el Matte Painting.

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